17 jul. 2013

ASAMBLEA CONSTITUYENTE: UNA VÍA PARA ENFRENTAR LA CRISIS MUNDIAL.


“Todo intento de producir una nueva Constitución mediante mecanismos que excluyan la voluntad soberana del pueblo, es una inmoralidad.”

PARRAFOS DESTACADOS DEL DISCURSO PRONUNCIADO POR GUSTAVO RUZ ZAÑARTU, COORDINADOR NACIONAL DEL MOVIMIENTO POR UNA ASAMBLEA CONSTITUYENTE, EN EL ACTO INAUGURAL DEL III CONGRESO INTERNACIONAL:

Caracas, Venezuela, 9 de julio de 2013.

La experiencia histórica de América Latina indica que es impensable lograr una Asamblea Constituyente sin que sea precedida de un PROCESO CONSTITUYENTE que permita a la ciudadanía toda intervenir como PODER CONSTITUYENTE ORIGINARIO, esto es, hacer efectivo el principio de la SOBERANIA POPULAR.
Sólo cuando el pueblo participa en la gestación del PROCESO CONSTITUYENTE, como fuerza unida y organizada, es posible alcanzar la correlación de fuerzas electorales, sociales, culturales, políticas y militares que permite doblegar la resistencia de los poderes fácticos conservadores del régimen de capitalismo salvaje que predomina en nuestro país.
El proceso constituyente es un proceso de emancipación. Es insustituible. Actualmente en Chile, a resultas de la enorme y multifacética presión popular de los últimos años, la elite parlamentaria que ha servido al capital extranjero y a los poderes fácticos en los últimos 23 años está hablando de cambios cosméticos a la Constitución de Pinochet, cambios que en nada alteran su esencia antidemocrática, autoritaria y antinacional. Cambios puntuales al sistema electoral, cambios aparentes al sistema educacional… Algunos hablan incluso de cambiar la Constitución, pero sin la injerencia del pueblo.
Para nuestro Movimiento, todo intento de producir una nueva Constitución mediante mecanismos que excluyan la voluntad soberana del pueblo, es una inmoralidad.
Con mucha pasión y mucho entusiasmo estamos dando la batalla de las ideas. Pero no nos limitamos a dar charlas, promover seminarios, foros y debates académicos. Estamos generando, además, una fuerza organizada unitaria, plural y transversal, desde las bases sociales en todo el país y en aquellos países donde residen casi un millón de chilenos que hoy ni siquiera tienen derecho a voto.
Aparte de la legitimidad jurídica y política de nuestra demanda, nos asiste una gran legitimidad histórica. O´Higgins, San Martín, Carrera, Rodríguez, plantearon hace 200 años, en los albores de la República, el ideario republicano con soberanía popular. Recibieron para ello la formidable inspiración del pensamiento y la lucha librada por Francisco de Miranda y Simón Bolívar, y por otros dos venezolanos que se radicaron en Chile, Simón Rodríguez y Andrés Bello. Es importante destacar que para materializar su proyecto político inspirado en principios de la ilustración francesa, se agruparon en una logia que denominaron LAUTARINA, en homenaje al gran conductor y estratega del pueblo mapuche que derrotó al Ejército español, encabezado por Pedro de Valdivia. Con ello quisieron significar que más allá de las consignas y principios, lo determinante es el movimiento real capaz de superar el dominio de los poderes fácticos, por cuanto éstos no se rigen por valores ni por leyes sino que actúan en función de sus intereses de dominación. Tenemos el ejemplo muy reciente de 4 gobernantes europeos, los de Francia, Portugal, España e Italia, que atropellando toda la legalidad internacional y actuando como patio trasero de los EEUU, como simples correveidiles del imperio, negaron el espacio aéreo para el desplazamiento de la aeronave que conducía al Presidente Evo Morales de regreso a Bolivia tras participar en una Cumbre de Jefes de Estado en Rusia.
Hoy como ayer, debemos perseverar en la búsqueda de un camino propio. No podemos andar buscando modelos externos para avanzar en nuestros designios libertarios. Al decir de Simón Rodríguez, maestro de Bolívar, “originales han de ser nuestras instituciones y nuestros métodos. O inventamos o erramos”.
En todos los países latinoamericanos hemos tenido líderes valerosos que han encabezado la resistencia popular contra las dictaduras oligárquicas y el neocolonialismo, que permanentemente, por la fuerza bruta o por la manipulación institucional, buscan excluir a las mayorías en la toma de decisiones y en el usufructo de nuestras enormes riquezas.
Más allá de las particularidades nacionales, todas las resistencias, las de Lautaro, Tupac Amaru y Tupac Katari, las de Artigas y Morazán,  Benito Juárez, José Martí y Lázaro Cárdenas, Eloy Alfaro, Farabundo Martí, Sandino, Perón y Allende, Jorge Eliecer Gaitán, Fidel y el Ché, Marcelo Quiroga Santa Cruz y Omar Torrijos, Juan Bosch y Carlos Fonseca, entre tantas otras, representan una sola lucha, un solo impulso por defensa de la autodeterminación de los pueblos ante la codicia y la prepotencia imperial, consignada explícitamente en la Doctrina Monroe, hace casi doscientos años.
En el caso chileno, estamos reivindicando una Asamblea Constituyente que fue comprometida por todos y cada uno de los destacamentos que se alzaron contra la dictadura cívico militar, quienes nos comprometimos a sacar al dictador, a su modelo económico y a su Constitución fraudulenta.
Nuestro pueblo derrochó heroísmo, pero no alcanzó a lograr su objetivo democratizador. Se nos adelantó el gobierno estadounidense, que en una intervención abierta y descarada, alineó sus fichas para dejar intacto el modelo económico e institucional de la dictadura, propiciando un gobierno civil obsecuente a los intereses de las grandes transnacionales, que se han adueñado prácticamente de todas nuestras riquezas naturales en los últimos 23 años. A esta intervención y manipulación denominaron, mañosamente, transición a la democracia, concepto eufemístico que encubre el régimen neocolonial que ha transformado a Chile en uno de los países más desiguales del mundo, en el que la gran mayoría ciudadana está prácticamente excluida de la toma de decisiones.
Por eso es que los poderes fácticos y la elite parlamentaria que les sirve no quieren oir hablar siquiera de una Asamblea Constituyente en la que los chilenos podamos decidir el tipo de país que queremos, la forma de explotar nuestras inmensas riquezas mineras, forestales, acuíferas, marítimas y agrícolas.  El modelo de capitalismo salvaje que nos impusieron en los últimos 40 años habría sido imposible sin dictadura, sin terrorismo de Estado. Para preservarlo necesitan, a todo evento, fórmulas tramposas para escamotear la soberanía popular. En los laboratorios del Pentágono se ensayan todo tipo de fórmulas, desde el asesinato y la tortura, legalmente avalados por la administración Obama, hasta la intervención militar contra los gobernantes que no se someten a la hegemonía imperial.
A escala mundial, los grandes capitales financieros, los dueños del petróleo, del cobre, del complejo militar industrial, han decidido avasallar con el clamor de millones de ciudadanos que han adquirido conciencia de su derecho a la autodeterminación. La respuesta imperial es la arrogancia de su poderío militar  y el atropello a la soberanía de los Estados y de los pueblos. Es la misma contradicción que describió premonitoriamente Salvador Allende en su memorable discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1972, nada más y nada menos.
Sólo que hoy son muchos los pueblos del mundo, particularmente los de América Latina, que se alzan contra los designios imperiales. Con cuánto orgullo constatamos que el mensaje de Salvador Allende, que también buscó un camino original para construir una sociedad auténticamente democrática, en pluralismo, libertad y con un sólido poder popular, se ha abierto paso, victorioso, en las revoluciones de Venezuela, Bolivia y Ecuador y en las grandes conquistas democráticas alcanzadas de manera creciente en Argentina, Nicaragua, Uruguay, Brasil, entre otros. La gestación y consolidación de nuevos instrumentos de unidad e integración como el CELAC, UNASUR, ALBA, MERCOSUR, son testimonio de aquello.
Sean cuales fueren los obstáculos, lo decisivo es que sepamos actuar unidos, en pos de la patria grande, entendiendo que es imposible la victoria si no forjamos un sólido bloque de pueblos y gobiernos democráticos que enfrente los designios hegemónicos del imperio que, como decía Bolívar, “parece destinado por la providencia para plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Una vez redactada la nueva Constitución y concluida la Asamblea Constituyente, el PODER CONSTITUYENTE ORIGINARIO DEBE FORTALECERSE, seguir en pie, activo, alerta, vigilante, renovándose en todas las generaciones, una tras otra, hasta asegurar la soberanía popular por los siglos de los siglos, para salvaguardar los derechos de las personas, de los pueblos, de la naturaleza y de la especie humana.
Los delegados a este gran Congreso, nos sentimos dichosos de ver a la patria de Bolívar y de Chávez, mas orgullosa y más democrática que en toda su historia.  Por ello les saludo, con Pablo Neruda: “Venceremos. Todos los pueblos, uno a uno, venceremos”.
ADELANTE, CON TODAS LAS FUERZAS DE LA HISTORIA.

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